Tal vez porque nunca estuve triste, un día me desperté creyendo ser el mismo, pero era otro.

Se me pegaban las sábanas a las piernas, porque no quería despertarme con legañas en los ojos, de una noche, tenue y risueña como la de aquel día. El incalculable valor de las emociones, el sinsentido de los momentos, el calor que daban las manos, sus manos, el cielo cerrado.

Aquella mañana, se fue fugaz, como casi todas, por el mismo hecho, de que tú estabas allí. Me levanté contento y feliz, pensando por qué estaré vivo hoy, si ayer estuve a punto de perecer en sus brazos.

Me desperté confuso, descentrado, sin nadie a quién llevarme a la boca, sin nada que decir, desayuné lentamente, me duché, y seguía vivo.

El resto de personas de la casa me hablaban, pero era en valde, las escuchaba pero no las oía, estaban en frente mía, pero para mí sólo eran fantasmas o espíritus, que se habían colado por la puerta trasera del balcón.

Nunca estaré triste una mañana, sólo soy yo y mis circunstancias y los demás que hablen, que digan, que piensen, que se diviertan, que amen, que maten si quieren.

Pero déjenme vivir con ella, al menos todas las mañanas que me queden.

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