Al contemplar cualquier urbe sucede igual que al leer un libro: quién tiene mayor formación mirará y verá muchas cosas. Quién carezca de ella se quedará en lo superficial, en la pura epidermis.

Para unos, Sevilla debía quedarse quieta. Detenida en el tiempo. ¿No es acaso éste uno de los tópicos más sólidos de lo sevillano?. Una ciudad dónde los lustros parecen no sucederse porque todos los años suceden determinados rituales colectivos. Donde todo es igual que cuando uno fue un niño. Esta ciudad sentimental tiene mucho que ver con cierta concepción de la infancia: para algunos es un periodo de la vida que pudiera ser hermoso, pero para otros puede ser una auténtica pesadilla. Sobre todo cuando no termina nunca. En el bando contrario, en cambio se piensa que Sevilla tendría que ser derrumbada, como la bíblica Jerusalén, para volver a ser edificada sobre nuevos parámetros que, en realidad, le son ajenos. Extraños. Los primeros se reclaman herederos de la Sevilla tradicional, la ciudad eterna. Los segundos argumentan representar a los ciudadanos más progresistas, partidarios del cambio.

Viendo las cosas con distancia, lo que se antoja casi eterno es el perpetuo conflicto entre ambos mundos. Una dialéctica sorda no nos lleva a ninguna parte. Como dice Vázquez Consuegra, lo único que funciona es aprender a mirar. Si se quiere.

Carlos Mármol. Domingo 25 de Octubre de 2009. Diario de Sevilla

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