Tres luces haciendo girar el mundo ayer en mi habitación. Era el inicio de una nueva sesión de carnavales. Dos luces rojas inquietantes esperaban la hora exacta para dar a la habitación la única forma de vida lumínica. Mientras, en la radio, anunciaban a otras noches, “Las noches de Bohemia”, la comparsa de Juan Carlos Aragón. Dos finas líneas nacían de esas minúsculas luces, abocándose al fracaso, al encontrarse con el cristal de la ventana.

Cuando se iniciaba el segundo pasodoble, una magnífica letra, propia de Juan Carlos, pensaba, en la pena por no poder compartir con su primo, las sensaciones de estas jornadas de carnaval, de qué le ha parecido el canijo en semifinales, o de que buena pinta tiene el cuarteto “¿qué hacemos con el pavo?.

Mientras tanto la tercera luz, pegada a la pared y más inquieta que las otros dos, tiene un brillo azul, intercambiándose con sus compañeras, también luces, como si una carrera por la iluminación de la habitación, se estuviera disputando.

Iba terminando el popurri, un poco flojo, pensaba, pero claro, es que los popurris de “Los ángeles caídos, Los codenaos, Los americanos, Araka la Kana, El golfo de Cádiz”, algunos fueron maravillosos, y otros simplemente obras de arte.

Cuando me iba desobedeciendo el sueño, al que casi nunca le gano la batalla, salvo cierta noche de Febrero y a base de coca colas, se acaba el descanso en el Teatro Falla, y se presentaba una nueva agrupación.

Las tres luces, aunque nunca se apagarán, sobre todo las rojas, reflexionaban conmigo y yo con ellas, que lo que siempre me gustó era escribir y leer, y que ojalá algún día me pudiera dedicar a ello… y en ese punto, me dormí, porque el carnaval quiso, no porque yo tuviera sueño.

“El precio que hay que pagar por la libertad, disminuye cuando crece la demanda” /S.J. Lec/ escritor anónimo

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