Es un libro que es la vida, que “ lo que te devuelve es el invencible fracaso del porvenir”. Está lleno de lecturas, comidas, de restaurantes, de noche infinitas, de anécdotas, está presente la muerte, mucho más inoportuna a veces y esperada otras, que la propia vida, me quedo con la de Azcona y Marsillach, en las que el autor narra su dolor y su padecimiento y sin embargo siempre rescata un último momento de felicidad.

Es el transcurrir del tiempo que es “ la arena o el agua que cabe en un puño y se va yendo”. Un sueño eterno hacia las ínsulas más alejadas y más cercanas de la literatura española, y latinoamericana, sobre todo.

Hay egos de todo tipo, como el del nobel Cela, cuyo ego era demasiado grande que a veces traspasaba su propia sombra. Nos lleva a Londres para hablar con Cabrera Infante, desde su exilio, a Uruguay para conocer a Benedetti y de ahí a Onetti. El libro viaja a sitios y a personajes para encontrarte con otros personajes inesperados o no, dado que es un continuo feed back (sobre todo al principio).

Hay que indicar que Juan Cruz, fue editor de Alfaguara, de ahí toda esa pléyade de escritores y de entrevistas, ahora es periodista del El País, de ahí que el libro nos lleva a los rincones más íntimos del periodismo.

También nos cuenta algún malentendido, algún enfado, que se arreglaba con una llamada o una carta. Regás, García Márquez, Cortázar, Borges, Reverte, Azcona, Saramago, Sontag, Angel González, Ayala…

Sin duda un sismógrafo del corazón literario, cada latido suena a buena literatura que no siempre está ligado a buena persona o aun ego demasiado revoltoso.

“Yo me considero ya un contemplador de la vida, vivo de mis memorias y de las memorias de otros”.
Fernando Fernán Gómez

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