Cuenta la leyenda, que Dostoievski al terminar la lectura de Anna Karenina, se echó a la calle proclamando a gritos que Tolstoi era Dios. Que mejor campaña de marketing que esa.

Hace varios meses la revista Time, dedicaba su portada a Jonathan Franzen. La citada publicación, tan poco dada a retratar escritores, lo hacía con este novelista norteamericano y lo catalogaba como el mejor del siglo XXI.

Todo ello gracias al impulso que ha provocado su última novela Freedom que “resume la angustia de la situación por la que atraviesa en la actualidad su país y en un contexto más general, el ciudadano de hoy” (Eduardo Lago. El País). Que digan de un novelista que aún no ha publicado su libro, que es el mejor, y su obra, es una obra maestra, no necesita más promoción ¿para qué?. Incluso, el mismísimo Obama, pidió un ejemplar por adelantado.

Hay veces, cada vez más, que determinadas personas reniegan de todo lo que tenga que ver con un best seller. La cantidad no está reñida con la calidad (Los Pilares de la tierra Stephen King, Pérez Reverte o Ruiz Zafón, son buena muestra de ello). Lógicamente, habrá best seller que sean ilegibles, y que tan sólo se aprovechen del nombre del escritor y de sus anteriores obras, para vender.

En esta ocasión, desde EEUU es “típico de catalogar así, cada tocho que retrate las hipocresías y felicidades de la burguesía media de EEUU” (Juan Bonilla. El Mundo). Mi particular opinión, se declinaría más por pensar que catalogar como mejor novelista a alguien que, aunque lógicamente ha publicado otros libros – Las correcciones (2001) o La ciudad 27 (1988), no puede estar en el mismo escalón, que Mark Twain, Philip Roth, Norman Mailer, Scott Fitzgerald, Hemingway, Faulkner o DonDelillo. Todo ello, sólo es propio de una sociedad como la norteamericana, que sabe vender muy bien todo lo que huele a dinero, y el ejemplo más claro es el cine.

Esos autores antes mencionados, tienen un sitio en la historia de la literatura, que a muchos les ha costado ganárselo, pero lo han hecho gracias su manera tan personal de contar historias y no siempre buscando un gran titular, que les haga vender libros y libros, que en muchos de los casos, no tiene contenido ninguno.

De esto no tienen la culpa sólo los autores, (Frazen renunció a acudir al programa de Oprah Winfrey en 2001, y dejar de vender el medio millón de ejemplares que da aparecer en ese espacio), sino también los medios de comunicación y nosotros los lectores, que cada vez en mayor número, nos dejamos engatusar por un titular, antes que por una trayectoria literaria, que convendría que leyéramos, para poder tener la opción de elegir, y de no comprar lo que nos imponen y sí lo que necesitamos.

“los derechos de la literatura son los derechos de la inteligencia”. Oscar Wilde

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