Como un mosaico de imágenes, se me vienen a la cabeza, recuerdos de los más atroces atentados de Eta, de los que nunca nos olvidaremos y que, tal vez, por cercanía, los tenga más frescos en mi memoria. Hablo del atentado con paquete bomba en la cárcel de Sevilla 1 en el año 1991, que mató a cuatro personas, de los asesinatos de Alberto Jiménez Becerril y de su esposa Ascensión García Ortiz en el año 1998 y el del doctor Antonio Muñoz Cariñanos asesinado en el año 2000, del cual me acuerdo siempre que me dirijo hacia el Gran Poder y veo aquella placa en su honor y aquel pasaje que lleva su nombre (gracias a la colaboración ciudadana se pudo detener a uno de los asesinos).

También de aquellos días de angustia por el secuestro y muerte de Miguel Ángel Blanco ( aquella fue una gran ocasión perdida para acabar con la barbarie) o por el también secuestro y posterior liberación de Jose Antonio Ortega Lara. De ellos y de las más de ochocientas muertes y miles de heridos. De los que se tuvieron que exiliar y de aquellos que han sido víctimas del terrorismo

En cada muerte iban dejando un reguero de sangre y otro de esperanza. Nos decíamos que algún día llegaría el final, que después de 43 años matando, esta banda de criminales no había conseguido nada de lo que reivindicaban. Que su lucha no tenía otro final, que la rendición.

Hoy Eta agoniza más que nunca, no está muerta del todo, para ello se tendrán que desarmar y disolverse. Que no haya concesiones políticas ni penitenciarias, ni una, con que sólo consigan una de las que piden (porque las piden, sino de qué tienen que hablar los gobiernos de España y Francia), le habrán dado un pellizco a la victoria que estamos consiguiendo entre todos.

Por ello utilizo la foto del genial Forges en El País. Entre la exclamación y la duda, nos encontramos (o al menos yo me encuentro así). Ayer fue un día histórico, de alegría, pero deben de venir más días históricos, para que podamos gritar, ¡FIN!.

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