Uno creía que iba a morir pronto. Y todo conmigo. Yo es que soy así de egocéntrico. Creía que morirían las dictaduras, los dictadores, las guerras, las paces sin motivo.

Creí que morirían, pero que por azares del destino, se regenerarían al instante otras fórmulas para que el mundo y la sociedad en su conjunto volvieran a funcionar. Volvería la educación, la luz de los sabios, los pensadores, los científicos, se podría de nuevo volver a escuchar alguna tertulia de la calle, o de la radio. Era aquel un mundo, mucho más lento que este.

Hoy en día, hasta los relojes pierden el tiempo. Hoy un segundo no existe porque al segundo hay otro que le adelanta. Una palabra atropella a otra, un pensamiento a otro, unas voces a otras, como consecuencia de ello, hablamos mucho, alto y mal y seguimos sin escuchar a los demás. Es una epidemia heredada del siglo XX.

Antes, o al menos así lo creía, las cosas morían de viejas, por las cicatrices que les causaba el tiempo. Hoy las cosas se compran viejas, un minuto después de adquirirlas, ya hay otras en el mercado, que tienen más capacidad, más fuerza, mayor seguridad,…

Así hemos montado un mundo que ya venía inventado de serie.

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