(Después de mucho tiempo pensándolo he podido escribir este texto, que no es más que la historia, por momentos ficticia y en otros tantos real, de una de las muchas personas que se han ido al paro (mi padre), maltratado por su empresa en la que ha estado trabajando durante 33 años. No se queden en los detalles, simplemente léanlo con el alma agarrada al estómago)

El periódico de hoy será con el que se envuelva el pescado de mañana.

Lunes 8.30 a.m. Los jefes de redacción están reunidos, junto al director y subdirector del periódico. Se van a trazar la líneas por las cuales tiene que circular el diario, en la semana que nace hoy. Como siempre se comienza por local, luego nacional, internacional, deportes, cultura, sociedad, así hasta quedar organizado todo el trabajo diario.

El director les recuerda a los jefes de redacción que no olviden nunca que escriben con una ideología editorial debajo del brazo, dado que últimamente algún pez gordo del partido que gobierna les ha llamado a filas para saber qué coño de noticias y reportajes eran esos, en los que se decía que habían pagado unos EREs a no se qué gente o que se habían llevado el dinero de unas obras que nunca se realizaron.

Entre tanto el ejército de termitas tomaba posiciones.

El cuerpo de periodistas y trabajadores del diario tiene que trabajar en condiciones cada vez más infrahumanas, cada vez hay menos medios (nunca mejor dicho), cada semana despiden a un compañero, bien de la redacción, de la administración, de la impresión, así es imposible que nadie dé ni siquiera un 50 % de lo que tiene.

Mientras todo eso ocurría, el periódico salía a la calle, con un color cetrino en sus páginas, metáfora perfecta del devenir de la empresa.

Cada reunión de los sindicatos con ésta es un deja vu, todo se repite, reivindicaciones (menos despidos sobre todo) y cada amenaza de huelga viene precedida por un sin fin de indirectas consecuencias. La empresa da pérdidas, el negocio de los periódicos irá a la quiebra de un momento a otro y no hay otra forma que no sea despidiendo a trabajadores o bajándoles el sueldo a los que están a cambio de trabajar el doble o el triple. Eso sí, los directores no se bajan ni un céntimo de sus nóminas.

El periódico hace unos años celebró su “nosecuantos” aniversario, se gastó millones en exposiciones, publicaciones, revistas especiales,… Para todos esos fastos sí había dinero. Para el tejido humano, que había nacido y resucitado a la empresa, para ese, siempre faltaba. Siempre había que hacer un esfuerzo, adelgazando plantilla, con la excusa de que esta crisis se lo está llevando todo por delante.

Lo que el director no sabía, es que las termitas iban consumiendo los muebles de su despacho, a cada despido un mueble menos, el sillón, el sófá, aquellas sillas carísimas.

Que pena que, cuando toda su inmensa oficina quedó vacía, engullida por hordas de termitas, él ya se había cubierto las espaldas con un trabajo en Madrid, de jefazo en una radio nacional.

Aquí le esperaré, deseando alguna vez que la realidad le robe su gran titular.

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