por Eva Díaz Pérez, escritora.

Dos minutos hubieran bastado para comprobar que el pregón de Ignacio Pérez Franco era más de lo mismo. Un discurso viejo, que no clásico, con las mismas metáforas previsibles, la sintaxis torpe y mutilada, el ritmo con muletas que suele tener esta “literatura” inspirada en los boletines de parroquia. Sin duda este pregón habrá sido para muchos un clásico, un ajustado y correcto ejercicio “narrativo”, un emocionado anuncio de lo que está por venir, pero yo ya no sé a quiénes emociona este discurso de palabras impostadas y catequismo, de recuerdos de niños capillitas, de fulgores de la mañana, de virgencitas con caras de niña.

No sé tampoco qué es lo que ocurre en esta ciudad para hacer creer a abogados, médicos o aparejadores que están inspirados litearariamente por el alma de lo místico como si la fe les dictara páginas excelsas dignas de herederas de San Juan de la Cruz, Santa Teresa de Jesús o Sor Juana Inés de la Cruz. Atacaba Ignacio Pérez Franco a los pensadores, ilustrados y demás hijos heterodoxos que critican que determinada concepción de la Semana Santa es un lastre para el progreso de la ciudad “Sevilla sin fe no tiene alma”, dijo sin saber probablemente que los que han elevado el alma y el espíritu de la ciudad han sido los que nada tienen que ver con este mundo cerrado y rancio que en verdad impide la universalidad de Sevilla. Apelaba Ignacio Pérez Franco a Romero Murube para defender su tesis de la ciudad mariana, santa y capillita, pero en el fondo el autor de Sevilla en los labios o Los cielos que perdimos tampoco comulgaba con estos sevillanos cerrados a los que no les gusta que corran vientos nuevos, cultos y preclaros por el callejero de la ciudad.

Fue además de previsible un pregón largo, larguísimo – ¿recordaría que se ha cambiado la hora? – como esos best sellers malos de ochocientas páginas que tanto éxito tienen. Recuerdo los pregones de Carlos Colón, de Carlos Herrera, de García Barbeito, de Antonio Burgos. Grandes piezas literarias porque nacen de quien sabe escribir y leer. En esto no vale sólo el sentimiento y la experiencia cofrade, aunque para algunos sea suficiente. Quizás Pérez Franco se salvaba en los párrafos en prosa, pero cuando entraba en la presunta poesía, tropezaba y caía en el fango del terreno ajeno. Y eso sin contar con ese insoportable tonillo histriónico que ponen los pregoneros cuando hacen rima o ripio, según se mire, indicando como en las malas orquestas que ahora toca aplaudir.

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