Como siempre a la hora de comer el televisor encendido, haciendo ruido y escuchando de lejos, como el que oye llover, las noticias de siempre, los mismos datos y cada vez menos comida en los platos. Estuve atento por un momento cuando dijeron aquello de que cinco millones de turistas habían visitado nuestro país en lo que iba de año, lo que no especificaron era qué iban a ver.

Mientras todo ese decálogo de noticias amartilleaba nuestras cabezas, las gruas demoledoras seguían haciendo su trabajo: un edificio aquí, una casa por allá, unas oficinas, otro bloque de pisos, todo ante la atenta mirada de unos extranjeros que no sabían si aquello era real o lo podían insertar dentro del “typical spanish”, eso sí, no dejaban de echar fotos con sus cámaras carísimas con unos objetivos que podían llegar hasta el estómago más vacío del español medio.

Salvo las iglesias y los hoteles todo se está “cayendo”. Algunas playas están siendo alquitranadas con su propia arena y el resto tienen el paso restringido, “only tourists”, rezan los carteles a la entrada de las mismas. El otro día pude escuchar una conversación entre un extranjero y uno de los pocos españoles que deambulan por las ciudades. ¿Cómo es posible esta destrucción sin medida?, le preguntó el turista en un castellano más que entendible, ¡¿os están quitando hasta las sombras?!, continuó sin que aún el español abriera la boca. “El gobierno nos ha dicho que así entra más sol en las casas y ahorramos luz”, contestó el hombre con una sonrisa con sabor a pena, un día dijo Camus ” el sol que reinó sobre su infancia lo privó de todo resentimiento”, le citó el muy culto español al extranjero que no había oído en su vida el nombre del escritor francés.

Los dos conversadores siguieron avenida arriba, los vi perderse entre las personas, observando que el español hablaba más que el extranjero, reforzando esa manía nuestra de hablar y hablar sin decir nada.

Mientras todo eso ocurría, se iban quedando vacíos cada vez más terrenos en las ciudades y alrededores, los turistas se daban un baño en la piscina o en la playa hasta que se daban cuenta que no había foto que no estropeara la luz del sol.

Pocas horas antes de coger el avión de vuelta el extranjero volvió a preguntarle a ese español tan hablador:
– ¿y si llueve?…
– Lloraremos, dijo el lugareño, sin ocultar esta vez su cara de pena.

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