HACE ALGO MÁS DE UN MES PUDIMOS OBSERVAR DE NUEVO COMO algunos alumnos universitarios con sus correspondientes profesores y oyentes se echaron a la calle protestando por los recortes en la educación, por la subida de tasas o por la disminución en las becas.

Este gesto tuvo como punto de partida otro similar justo antes de finalizar el pasado curso. Convirtieron la ciudad en aula. Dieron clases en la calle, donde algunos dicen que está la mejor universidad de la vida. Simbolizaron que las facultades son el último puerto donde una persona embarca buscado un rumbo laboral. Todo ello debió de ser seguido por alumnos y profesores de todas las etapas educativas. Desde infantil al bachillerato. Los profesores deben de llenar de consciencia sus clases (otra cosa diferente es adoctrinar), deben de realizar actividades en la calle, en los museos, en los teatros, reivindicar una educación que huela a futuro y no al amoniaco del pasado.

Pero los principales actores educativos también deben e hacer un examen. Más les vale que hagan autocrítica, que sepan qué pueden hacer ellos con los medios y herramientas que tienen para virar esta situación. Qué alumnos están abusando del sistema ( bien repitiendo continuamente o desperdiciando becas), qué profesores son aquellos que se limitan a afrontar el día a día como un mero pasatiempo deseando que lleguen las próximas vacaciones, conformándose con un libro de texto y poco más y qué profesores son los que innovan e intentan cambiar algo que parece irreversible.

En todas estas clases callejeras podríamos invitar a los padres, cuyos roles algunos han traspasado a los profesores como si éstos fueran los únicos responsables de la educación de los hijos.

La sociedad y por ende la ciudad, debería de conformar un ágora inmensa en la que todos sus ciudadanos sean el bastón donde se apoye otro ciudadano. Y que mejor apoyo que la educación.

Otros Lunéticos:

Sin noticias de interés.

La vida demasiado tarde.

Anuncios