Al final de la vida uno se queda con los recuerdos y las cosas que más placer le han hecho sentir. Aquel primer beso, la primera noche o los primeros sueños. La muerte, que siempre es algo que le pasa a los demás, se vive como el camino último, la huida definitiva.

Michael Haneke ha vuelto a fotografiar la sensibilidad humana en una película. Ya lo hizo en La cinta blanca y las heridas del fascismo y ahora lo hace con dos personas mayores que aman la vida tanto que sólo quieren un final del trayecto feliz y plácido. Georges y Anne (Jean-Louis Trintignant y Emmanuelle Riva) son dos profesores de música clásica ya jubilados, a la mujer le da un infarto que le deja una parte del cuerpo inmovilizado, desde ese momento el marido hace lo imposible por cuidarla, aunque acoge en su casa a diferentes cuidadoras, quiere que sólo sean sus manos las que la toquen. La vida se va por las arrugas de la piel que son las que marcan el camino para una muerte irremediable e irreversible. El director da a cada plano el rtimo exacto, la música con la que sueñan a veces con los días de vino y rosas, los silencios tan elocuentes como fríos, hacen presagiar el fin. Todo en la vida del hombre se hunde, como muy bien lo expresa metafóricamente Haneke, el espectador sabe el final, porque se identifica con él, quién no ha tenido un caso así en su familia, quién no se ha ido haciendo a la idea de que tus seres queridos un día se van, y qué duro debe de ser cuidarlo un día tras otro, ver como gota a gota se va consumiendo un cuerpo que un día fue ágil, que podía comunicarse y decir te quiero y lo siento, y qué bien lo retrata el director y los actores, sobre todos los dos mayores sobre los que gira el eje principal de la película. Cómo se pone a prueba una familia que hasta el momento en que dio inicio la enfermedad, era un grupo, más o menos unido y que de repente se rompe por la terquedad del hombre en hacer sólo suya a su mujer, en no querarla compartir, en no querer que su hija la vea, en echarle en cara un pasado que, en momentos así, es mejor dejarlo de lado.

Todo se derriba en un instante, porque la vida son dos minutos y los segundos que pasan se transforman inmediatamente en memoria.

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