El ambiente era el de las grandes citas. Los vagones de metro iban abarrotados como si fuera Semana Santa o Feria. Familias enteras dispuestas a luchar por recuperar sus derechos convencidas de que otro país es posible. Las calles poco a poco se van llenando de gentes, multitud de banderas se entrelazan entre sí confundiendo los colores de las mismas. Hasta aquí la ficción, ahora la cruda realidad.

Y la realidad te dice que mucha gente prefiere recostarse en el sofá, observar plácidamente la televisión pensando que al ser víctima del sistema, siempre lleva la razón, que si eso otro día saldrá la calle, cuando haga menos calor, que será cuando haga frío o llueva y así tendrá otra excusa para no moverse de su casa. Otros estarían pensando más que en el lema de la pancarta en qué comida pondrían mañana (que aunque parezca que no, están muy relacionadas) y otros directamente prefieren sentarse delante del ordenador y retuitear la revolución, llenarse la cabeza de certezas absolutas en vez de dudar continuamente, que como ya dijo el filófoso: el que no duda, complicado lo tiene en estos tiempos.

Hay parte de esa gente, la acomodada que grita por internet para que todos vean lo comprometido que está, que no hace otra cosa que culpabilizar al sistema por la crisis, el paro, los deshaucios y no sé si sabrá que él también es parte del problema. Que no sale a la calle porque dice que no sirve para nada (la conciencia libre del ciudadano brilla por su ausencia), que sobrevive gracias a los 500€ de alguna chapuza o de la pensión de sus padres o abuelos. Si quieren que esa situación se prorrogue en el tiempo, no moverse de su casa es el camino correcto. Que la sociedad somos también culpable de este entuerto en el que nos hemos metido entre todos, porque si la democracia funciona de cuatro en cuatro años, en Valencia, Baleares o Andalucía han ganado partido corruptos y cuando hay que criticarla desde la calle, la gente se parapeta en el sofá, aire acondicionado a tope, y a poner cara de afligido, a repetir las mismas frases de siempre “esto no puede seguir así”, “hasta cuándo vamos a aguantar” y un largo etcétera de afirmaciones vacías que no tienen un reflejo en las calles.

Tal vez un día los revolucionarios de verdad (pocas revoluciones se han ganado sin dejar a mártires en el camino) saldrán a la calle, se amotinarán, reunirán un grupo ingente de personas hartas de estar hartas y explotarán y algunos ya no sólo se sentarán en el sofá cómodamente, sino que lo utilizarán como escudo para que la metralla indignada no le rebane la cara, que es lo que algunos se merecen para que despierten.

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