Por todos los amantes del cine es conocida la capacidad que tiene Fernando León de Aranoa para tratar temas sensibles y complicados y aunarlos todos en una película. El director así lo ha hecho con el tema del paro (Los Lunes al sol), la prostitución (Princesas) o la adolescencia (Barrio). Tuvo la capacidad con estas películas y con otras de meterle el bisturí a asuntos delicados.

Y todo ello ha sido capaz de llevarlo a la literatura con un magnífico conjunto de relatos cortos, (muchos son de apenas unas líneas y otros no alcanzan las dos páginas) denominado Aquí yacen dragones. Su capacidad para llevar el lenguaje cinematográfico a este ramillete de cuentos es sencillamente ingenioso y atrayente. Sabe elaborar el argumento con solidez, darle cuerpo al mismo y terminarlo, en la mayoría de los casos, con un inesperado final.

Así en el relato que abre el texto, “Epidemia”, habla sobre la muerte y la defensa de las palabras que se pierden “los locuaces fueron encarcelados y puestos a disposición de los jueces en vistas que nunca más volvieron a ser orales” o en “Corazones”, que cuenta la historia de una persona que tiene dos y que no atienden a razón ninguna, amor y odio en un mismo cuento.

O el muy bien enhebrado “Los nombres”, “¿quién no ha llamado alguna vez Luis a un Alberto? (…) No es nuestra memoria la que se equivoca en tales ocasiones: fueron sus padres al nombrarles”. O la historia – estudio de las apariencias en el relato “Variaciones” “los autores del estudio dan por probado que el hombre adelgaza de manera momentánea cuando pasa por delante de un espejo o ante una mujer de belleza contrastada” en el fondo aparentamos lo que nunca llegaremos a ser. No se puede decir más con menos en “No sé qué pensar”. La adjetivación perfecta en “Los lugares” con un final no tan previsible como parecía al inicio, donde nos cuenta lo desubicados que tenemos a determinadas personas a las que siempre vemos en el mismo lugar. “Encontrarme, por ejemplo, al zapatero en el videoclub me sume en el más absoluto de los desconciertos”.

En “Bifurcaciones” como en gran parte del libro nos deja una de sus perlas reivindicativas que también podemos ver en sus películas “En el momento en el que se articula el derecho a rebelarse, la rebelión queda desactivada” o la ficción dentro de la ficción (metaliteratura) en “Cota 52” y “Un cuento triste”

El tiempo es relativo en función de qué se espera o a quién, nos cuenta en “Las equivalencias del tiempo”. La inteligente reflexión de “El hombre” puede ser una de las grandes conclusiones del libro.

Y mucho más, mapas, lugares, personas, calles, poemas que necesitan no a quién lo escribe sino a quién lo lee. Un compendio de relatos: alegres, tristes, optimistas, deshabidos con el fin de resumir la humanidad en un cuento.

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