Uno siempre creía en el amor, éramos unos románticos hasta que la magia se rompió y las mariposas se volvieron cucarachas. Empiezas a descreer de todo porque nadie cree en ti, ni tú mismo. Vuelves a tener uno de esos días en lo que todo termina yéndose por el sumidero más sucio e inhumano que uno conoce, vuelves a estar solo.

Creías haberlo superado pero esto es como esas enfermedades que te hacen creer que has llegado a la meta para volver a asestarte un hachazo por la espalda y recaes. Una montaña rusa de sensaciones que nunca se aplana, pero si a mí lo que me gustaba era el tío vivo, darle vueltas a un mismo eje que no sabe dónde va a terminar, lo imprevisible era lo que lo hacía intrigante.

Y así andamos, entre las montañas rusas y los tio vivos de la vida, desglosando soledades, acaparando musas, descuidando momentos que no ves porque te lo tapa ese manto opaco del egoísmo. Todo se vuelve a repetir casi de manera metódica y diría que calculada, es incontrolable y te hace pensar que la única solución es no buscar la solución. Escribes mil historias, del derecho y del revés, finges ser hóstil con los demás, te haces fuerte con tu caparazón del aparentar, crees saberlo todo de algo, y no sabes nada de nada (“…después de tanto todo para nada” como escribió José Hierro).

Mañana es otro día más en los que aflorarán las soledades, habrá que vencerlas, nunca rehuirlas porque son como esos animales que mientras más los castigas más te absorben.

Habrá que remar hacia otra cosa que no sea parecido a esto.

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