Si quieres leer la 1ª parte… Un espía en el metro.

Si quieres leer… Un espía en el metro (II)

Los espías estaban por todos lados… o al menos esa era la sensación que nos daba a nosotros. Cualquier mirada, cualquier movimiento sospechoso nos hacía dudar. Aquel libro que se compró nuestro hombre nos hizo pensar que algo no estábamos haciendo bien, así que tiramos por la calle de en medio. Aplicamos el protocolo de seguridad aunque por otro lado continuamos nuestro trabajo como si nada hubiera pasado.

La misión final sería por la noche para darle más misterio a la cosa y porque era la mejor manera de pasar desapercibido… bueno eso creíamos.

Así que comenzamos por lo que teníamos seguro. El hombre N salía de su casa a las 21h, con su netbook bajo el brazo, recorría toda la avenida y se adentraba en la Calle Betis, allí se reunía con un grupo de amigos todos los viernes. Nosotros le esperamos en una bocacalle y nos volvimos a separar, cada uno a un lado de la avenida, esta vez a mucha más distancia que la del día anterior. Esta vez no se percató de que le seguíamos… o eso creíamos.

Nos paramos en la Plaza de Cuba, el espía se sentó en un pub irlandés que había en sus inmediaciones mientras yo seguí hacia adelante y me puse a contemplar la maravillosa vista de la ciudad desde el puente de San Telmo. Mi señal sería la que sirviera para que mi compañero bien se volviera a esconder en la primera bocacalle o bien siguiera a nuestra hombre por la Calle Betis. Estuvo en el local hasta cerca de la media noche, se despidió de sus amigos y volvió de regreso. Su embriaguez nos facilitaba el trabajo. Le di la señal al espía y este se levantó sigilosamente y se dirigió hasta la primera calle que le salía al paso… una vez que pasó el hombre N, tanto él como yo echamos a andar tras él. Vimos que se dirigía hacia la estación del metro que hay cerca del lugar, su estado no era para bajar muchas escaleras, así que lo seguimos, dejamos que bajara las escaleras que daban a los tornos, calculamos el tiempo que tardaría en pasar por uno de ellos para bajar nosotros de inmediato.

Vimos en el marcador que quedaban 5 minutos para que el tren llegara… y nos saltaron las alarmas. ¿Arriesgamos y bajamos al andén con el peligro de que nos reconozca o lo esperamos frente a su casa? Decidimos la primera opción, aunque sólo bajaría uno para así hacer más fácil la misión. El espía puso mucho interés en que fuera él el que bajara al subsuelo sevillano, yo pensaba por dentro “claro que vas a ser tú, pa eso te pagan”. El espía llegó justo a tiempo para coger el metro, buscó el sitio en el que se había sentado nuestro hombre y se sentó justo a su espalda. El hombre N, a pesar de su estado, fue capaz de abrir su netbook. Mientras el ordenador se cargaba y aparecía la pantalla de inicio, el espía sudaba y hacía como el que jugaba con su móvil. El metro estaba casi vacío. Unos cuantos jóvenes más interesados en sus bromas infantiles que en lo que podía pasar al otro lado del vagón.

El ordenador al fin se abrió, el hombre N clickeó sobre una de sus carpetas en la que se podía leer un decálogo del espía perfecto, pasaron dos segundos que parecieron años y se oyeron dos disparos…

La sangre salpicó por igual el netbook y el móvil.

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