Ayer volvió El tiempo entre costuras después del descanso navideño que Antena 3 decidió darle. Nos encontramos ante una de las mejores series, hasta el momento y visto los 9 primeros capítulos, de la ficción española. Una serie muy fiel al libro, tanto en sus argumentos y diálogos como en el vestuario, el decorado y los paisajes, dan ganas de ir a Tetuán sólo con contemplar alguna escena. Como es habitual en el libro se desarrollan mucho más algunas partes de la historia… pero el resultado final está siendo de altura.

Particularmente me voy a fijar en las miradas. Las que tanto dicen y tanto hablan sin necesidad de pronunciar ninguna palabra. Esas miradas de Sira Quiroga (Adriana Ugarte) que te comen, que están llenas de una sensualidad que ni mucho menos roza el cinismo. Sus ojos te cuenta lo que está por venir.

El mejor capítulo hasta ahora, para mí, fue el quinto. No sólo porque la historia comienza a coger velocidad, porque empieza de verdad ese juego de espías, poder, seducción y maldad, sino porque hay otra de las miradas que me gustaría destacar, la de Dolores Quiroga (Elvira Mínguez). El encuentro que tiene ésta con su hija es uno de los momentos de la serie. La mirada que capta la cámara y que te llena la pantalla de una mezcla de alegría, rabia e impotencia. Esos ojos tenían en el fondo el grito desgarrador de la guerra, el resumen perfecto del sinsentido, las arrugas de una madre que solitaria vagaba por una ciudad que no existía apenas, alejada de lo que más quería y levantándose cada día para rezar de alegría por estar viva.

Son miradas que ten dejan un poso de angustia en el alma, de misericordia. Llegas a entender, aunque sea por un momento, lo sufrido en la incivil guerra, lo perdido, aquello que nunca llegaran a olvidar por mucho que lo cuenten o lo escondan.

Unos ojos que transmiten más que muchos libros de historia.

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