Hace varias semanas se lo escuché a Rosendo en el programa “En al aire” de Buenafuente, “a mí no me gusta escribir, me gusta haber escrito” y desde entonces tengo clavadas esas palabras en mi mente y están en consonancia con mi percepción de la escritura.

Me he dado cuenta que a mí tampoco me gusta escribir, pero una vez escrito sí contemplo el texto, el artículo o la poesía con el orgullo de haberlo escrito. Más que escribir me gusta imaginar que escribo y qué escribo. Idear nuevos relatos, nuevos versos, crear la música para ellos.

Prefiero documentarme a escribir. Prefiero aprender, buscar, relacionar conceptos, disfruto más con ésto que con el hecho de la escritura en sí. Observar lo que le pasa a la gente, fotografiar escenas para luego escribir lo primero o lo segundo que se me pase por la cabeza. Me gusta jugar en los límites de la escritura, no atravesar sus fronteras hasta no estar seguro de lo que voy a escribir y una vez pisado el campo de batalla; escribir, borrar, señalar, subrayar, cambiar, volver a escribir y así una y mil veces.

Tal vez me da pereza estar horas y horas ante un folio, por eso no me gusta escribir, por eso sería incapaz de escribir una novela (aunque lo intentaré) por eso se me da mejor la poesía o los versos, porque son ráfagas pasajeras que a uno le vienen. ¿Hay un esfuerzo? por supuesto que sí, pero es discontinuo, aparece y desaparece. En cuanto a la prosa el esfuerzo es constante, siempre pensando qué personaje construir, con qué final terminar, qué hacer para que el lector no aparte los ojos del texto, si hacerlo reir, llorar, reflexionar… un peregrinar constante que ahora mismo no me veo en condiciones de hacer.

Así que de momento seguiré leyendo a los clásicos y a los contemporáneos, seguiré sintiéndome orgulloso de haber escrito y cuando lo crea oportuno, me sentaré durante horas y días a escribir los miles de folios que tengo pendientes.

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