Usted sigue aquí… está caminando por la playa simplemente.

Ande hacia donde se nublan los edificios, allí la arena de la playa no hunde a los genios. Busque la marca irregular que la espuma de la orilla deja en la tierra y deje que el viento difunda su trabajo. Allá donde esté siga acumulando callos en la pared de los dedos para que se reencarnen en la madera que le dio la vida.

Le aviso que durante su trayecto se encontrará sobre las atalayas de arena a aquellos puristas que usted conoce mejor que yo, dígales que llegan tarde (como casi siempre). Qué pena que tenga que ser la muerte quien ponga a cada uno en su sitio y no el tiempo.

Deje que remen las barquillas a su antojo, ya le pondrá usted melodías a los golpes de pecho que algunos se daban cuando le acusaban de soberbio y de narcisista. Esclavice sus silencios por alegrías. Retenga en su memoria al mejor Sabicas, deguste al que en su casa era otro maestro como el Niño Ricardo… pero no se pare, siga caminando.

Hable bajito, no oculte nunca su timidez, agárrese a la pobreza que le obligó a ser un autodidacta de las seis cuerdas. Tenga presente que este que le escribe vio en usted un referente por su forma de afrontar la vida, por su humildad, por no querer hacer más ruido que el necesario y por la grandeza de lo simple. No se preocupe que ya nos encargaremos nosotros de dejar marcado en la playa la línea recta que marcaban sus cuerdas y en las que cimbrearon desde Morente a a John McClaughlin pasando por Falla.

Bébase el vino que le dejó escrito Félix Grande. Bébase de nuevo todo la discografía que los grandes crearon y multiplícala por mil con esa velocidad que le caracteriza. No deje nunca que el tiempo recorra más espacio que sus dedos.

A mí que la música me ha salvado de algunas cosas, no puedo consentir que usted descanse.

Usted no se ha ido… usted sigue caminando.

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