* Cuando haga referencia al Carnaval me estoy refiriendo al Concurso, no a la fiesta en sí.

Los dos se sentaron en la mesa. Cubierto por su careta uno y por su capirote el otro. La comida se enfrió de tanto que hablaron aquella noche. La vajilla de las visitas, las servilletas con los bordes bordados y hasta un camarero para ellos solos. Postureo en los entrantes, en el primer y segundo plato y en el postre.

Ninguno de los dos se quitaron sus atuendos durante la cena. Sin ellos no eran nada ni nadie. Sin un trozo de ropa que les tapara la cara serían uno más, un cualquiera. Lo suyo era aparentar que podían ser alguien importante, con empaque, señorío y saber estar… aunque luego en su casa y a los ojos de sus mujeres e hijos se comportaran de una forma totalmente opuesta.

Hablaron de lo divino y de lo humano (como es lógico). La Semana Santa dijo que de divino cada vez queda menos, que cada año que pasa hay menos religión y más fanatismo, más chaquetas con corbatas y medallas que simplemente figurean entre el gentío. Cada vez más vaqueros sin planchar que sólo van a escuchar y no a rezar, que sólo quieren ver el espectáculo porque consideran que todo se ha resumido en una obra de teatro que no merece la pena que se vea hasta el final. Los primeros son peores, porque muchos de ellos están metidos dentro del seno de la fiesta, porque muchos son egoístas, narcisistas e incluso avariciosos. La solidaridad, uno de los valores más religiosos, brilla por su ausencia más que cualquier candelería.

El Carnaval le escuchaba con atención mientras asentía como queriendo decir, “a mí qué vas a contar”. Hay gente que está todo el año cantando, con la máscara puesta porque no saben cómo quitársela o porque se les ha pegado tanto a la piel que no saben cómo vivir sin ella. Se han creído a su propio personaje. Nos estamos comiendo unos a otros, engulléndonos a dentelladas para ganar un premio, para hacerce un hueco en la primera esquina. Hemos crecido tanto que ahora tenemos miedo de morir de un éxito que nos ha venido grande. La Semana Santa lloraba por dentro porque se sentía identificaba con lo que estaba diciendo, le reprochaba al Carnaval que no teníamos los cojones suficientes para salir a la calle y gritar lo que ellos veían mejor que nadie, no se sentían con el valor suficiente para irlo pregonando en cada junta de gobierno, en cada cabildo, en cada ensayo, en cada casa puerta, “… y a cuánta gente vamos a decepcionar si lo decimos” comentó la Semana santa, “¿Cuántos que se han metido tanto en su papel podrán salir de él sin que nadie les reproche el chaqueteo de tantos años? ¿A qué turismo nos vendemos si decimos que todo lo que ven es mentira… y que tan sólo quedan reductos minúsculos en los que la intimidad y el recogimiento sobreviven en la más absoluta de las soledades…? ¿a quién?”

Las dos fiestas que llevaban sentadas encima de la mesa varias horas, siguieron charlando durante un rato más. Las dos estaban indignadas pero alegres, abochornadas pero aliviadas, sabían que la farsa iba a continuar, que aunque ellos algún día dijeran la verdad (cosa improbable) sus ciudades se inventarían una nueva mentira, le darían la vuelta a todo lo escrito y lo oído y volverían a parchear de luces y azahares todos los febreros y las primaveras por venir.

El carnaval dijo, “un día creamos a un monstruo, críamos a sus hijos y a sus nietos, les dimos nuestras mejores coplas, nuestras mejores marchas, les cogimos de la mano para que supieran escuchar… pero por otro lado también les estábamos tirando a la hipocresía, a la envidia, a la competición pura y dura, fueron perdiendo el respeto, cambiaron sus vestimentas, se agotaron los papelillos y empezaron a tirarse piedras los unos a los otros… fuimos alargando la fiesta porque creíamos que así entenderíamos su sentido, pero lo que hicimos fue desvirtuarla, pintarle coloretes que con el paso de los días se irían agrietando mostrando lo que realmente somos, y cuando nos hemos querido dar cuenta, todo el mundo habla de nosotros, todo el mundo cree que sabe de nuestras vidas… y de lo que no se han percatado es que todos nos estamos matando continuamente y el final de esa matanza no tiene visos de que termine. Tu cera se ha vuelto sangre y mis forillos ya sólo sirven para acoger los miembros amputados de nuestra historia”

Tanto uno como otro se fueron con la cabeza gacha, sin quitarse sus ropajes y con la sonrisa en la boca, regocijándose de su propia derrota.

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