Lunes Santo.

En la trastienda de las ciudades hay calles guardadas desde hace siglos. Calles que sólo se colocan en esta semana del año para que el público pueda dejar respirar a otras calles cuyo único fin es vigilar las huellas sin sentido de la gente.

Pisar calles que ni siquiera sabes que existían pero que te encuentras porque has tenido que coger un atajo para llegar a San Andrés o bien porque tienes que darle un rodeo a la hermandad que en ese momento se interponga en el camino. Detrás de la plaza de la Encarnación hay dos calles (Compañía y Goyeneta) que sólo salen en Semana Santa. Están a la sombra de la Iglesia de la Anunciación, sin hacer ruido alguno… pero ayudando a los sevillanos y turistas a ser el desagüe de Sevilla… por ellas se van los ríos de gente que no saben encontrar ni siquiera uno de los cinco puntos cardinales de la ciudad.

Te vas guiando por el sonido de las campanas para llegar a Santa Marta, cada campanada es un escalofrío, su salida otra gota más en una intimidad cada día más menospreciada. Ves salir ese museo andante y no sabes dónde guardarte tanta soledad reciclada.

Pero igual que hay calles que te alumbran, hay calles que te observan y se callan. Hay calles que sonrojan por lo intransitable. Calles cuyas pisadas guardan demasiada carne desgarrada, demasiada cera que no arde.

La calles de los barrios son las que le dan sentido a Sevilla, aquellas que agonizan en un centro cada vez menos nuestro, más artificial como sin sustancia. El Parque María Luisa marca la frontera de todo esto. Las únicas vallas que cortan allí son las de los rayos de luz que incrustados en la potencias del Cautivo le sirven al Porvenir de brújula despiezada. ¿Quién necesita una cruz si Dios es la calle que a todos les lleva?

Si quieres leer… Los extrarradios del gusto (I)

Los extrarradios del gusto (II) Domingo de Ramos.

 

Anuncios