*Relato de ficción.

Un día tenía ganas de llorar pero empezó a llover y ya no era lo mismo. El viento de noroeste fue el culpable de que minúsculas gotas se clavaran en mi ventana y corrieran a toda velocidad para escapar del cristal lo antes posible y dejar espacio a otras tormentas por venir.

Salí a la calle por obligación, aguantando un paraguas roído por los malos vientos que aún estaban por pasar, era el augurio de un día incierto, demasiado húmedo, demasiado triste. La ciudad tenía charcos que necesitaban socorristas. Tenía que ir saltando de loseta en loseta para llegar a sitios secos donde el agua aún no había descansado. Anochecía.

Un hombre me comentó que con ese paraguas me estaba mojando más que si no lo tuviera. “Los agujeros los hice yo para poder ver las estrellas” le dije. Seguía andando por la ciudad con la tranquilidad que da no tener a nadie que te espere. De saber que tu vida es un verano constante. Caminaba despacio mientras veía a dos mendigos tapándose la cabeza con un periódico de ayer. “Y el cabrón del hombre del tiempo decía que hoy no había ninguna posibilidad de lluvia” gritaba uno de ellos. “desde luego algunos van a morir de un ataque de certezas” le comentó el otro.

Un hombre en la esquina reía…sería indecente. El agua poco a poco se colaba en mi boca. Qué de tiempo hacía que no me sabían los labios a algo.Tanto era, que las gotas de lluvia tenían un sabor a salitre. Tuve escamas en la comisura durante varios días.

Se apagaba poco a poco la lluvia que había dejado vacías calles y bares. La ciudad tenía una fotografía apocalíptica. Sillas tiradas por el suelo, árboles caídos, trozos de calles hundidos, fachadas que se convertían en barro.

Una chica de apenas 15 años escribía un tuit: “Sevilla inundada” junto con una foto de la avenida encharcada de una punta a la otra. Seguía tuiteando para ver quién le hacía el primer RT o le contestaba. Nunca miraba al frente. Su única obsesión era que el móvil no se mojara y seguir escribiendo que estaba en el centro del fin del mundo.

El viento cada vez susurraba más alto. Los paraguas se escaparon con los globos y nada más se supo de ellos. Las farolas borrachas vacilaban con caerse al suelo… una de ellas se desplomó y fue a dar en la cabeza de la chica del móvil. Murió sin que nadie le hubiera retuiteado.

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