Se puede creer en el ser humano cuando hace lo indecible por superar sus miedos. Podemos creer en nuestra civilización cuando un grupo de niños que viven en zonas tan alejadas como Marruecos, India, Kenya o la patagonia argentina, andan kilómetros y horas para llegar a le escuela sin atisbo de ninguna mueca en el rostro.

Es lo que cuenta este documental, basado en las historias reales de un grupo de niños  que deben de hacer un largo y tedioso camino hasta conseguir la ansiada educación que les proteja y les asegure un futuro mucho más digno y claro que el que tuvieron sus padres.

Es un film que te hace reflexionar sobre los lujos en los que vivimos y que tanto añoramos cuando se nos rompen, en las pequeñas cosas que son realmente importantes. Un documental que arrebata el hambre y hace sobrevivir a unos niños que en ninguno de los casos superan los 15 años… y llegan a su ínsula con la satisfacción plena de otro día de aprendizaje.

Quizá hay una moralina demasiado endeble cuando son los padres y familiares quienes les aconsejan, también en la versión doblada se pierden muchos matices culturales. Los niños son los que portan la esperanza en sus casas, caminan por escenarios inhóspitos, se encuentran animales salvajes y algún que otro humano más insolidario y falaz que los propios animales. Dos hermanos indios, por si fuera poco, ayudan a uno de sus hermanos que está en silla de ruedas, sin duda un ejemplo más del espíritu de superación y de pervivencia de estos locos bajitos.

Saben que el último bastión que les mantiene en pie es la escuela, la enseñanza, esa es su verdadera epopeya. Andar día tras día sobre lo andado, acometer con descaro, naturalidad y fortaleza los retos que se van encontrando por el pedregoso paisaje y aprender cualquier tipo de conocimiento que les de una vida sin complejos.

Dos niños de apenas 8-9 años estaban viendo la película junto con sus abuelos…aún se puede creer en el ser humano.

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