“Una pintura de 4 varas y media de alto. Tres y media de ancho con su marco de talla dorado”. Podríamos decir que así comienza el cuadro, así lo definen, en ello se resume, pero hay mucho más. Tanto más de lo que han hecho Santiago Gª y Javier Olivares con este cómic consumido en obra de arte o viceversa.

Es la historia del famoso cuadro de Diego de Velázquez, su vida, sus viajes, su relación con los reyes (sus desacuerdos con algunos de sus mandos medios y altos) y su figura más allá de la de un pintor de la corte. Las ilustraciones son auténticos cuadros, hay algunas que son un combate sin tregua. Caras que retratan la sensación de desgarro, de enfado o asombro. El pintor sevillano fue referencia de muchos otros artistas que le precedieron y también eso tiene cabida en esta novela gráfica. Cada vez que sale un Picasso, un Dali, un Goya e incluso un Buero Vallejo (que hizo una obra de teatro recreando el mundo de la época) los colores y las letras se transforman, hay cubismo en Picasso, locura y colores vivos en Dalí símbolos de su personalidad y hay enigma en la locura de Goya a través de unos trazos muy oscuros y un rojo llama que te envuelve.

Este cómic nos cuenta sus viajes a Italia para comprar cuadros y que le sirvieron indirectamente para coger ideas de los grandes; de Tintoretto o de un Españoleto llamado José de Ribera, pero también hay conversaciones tendenciosas y muy interesantes con Zurbarán, con Bernini o Alonso Cano. Hay una sensación de realidad en cada cuadro que se pinta, se concibe el arte o la pintura como un espejo en el que el espectador que se posa delante del lienzo actúa a su vez como personaje del mismo.

Pero también vemos a un Velázquez arrogante, despótico, egocéntrico y soñador e imaginario, plantea situaciones que no están al alcance del resto de los mortales. En esta novela y seguramente en la vida real luchan sin descanso el artista y el lienzo y en ese proceso de creación hay verdad.

La muerte del artista (págs 166-167) las ilustran con una velas que vuelven su humo en diablos, en demonios que amedrentan al genio. Están en conversación con él mientras el pintor agarra con fuerza su cruz de Santiago. Venció a los dioses, a los reyes y se venció a sí mismo.

“No es pintura, es verdad”.

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