Las certezas por venir.

Sevilla como nómada de sí misma. Camina y ve, va y viene sobre demasiadas certezas que le hacen invencible, o al menos eso cree ella, en esta semana que nos atropella desde hace muchos meses.

La ciudad se transmuta en lo que todos quieren ver, se visten de almagra los cielos que perdimos como presagio de unas noches de priostes invisibles que hacen que todo tenga un significado que sepa a algo parecido a la eternidad. Se encalan las farolas, se desdibujan las fachadas en carcoma de otros siglos. Se miran sin ser vistos los turistas.

Se avecina un tiempo que no termina de irse, una semana inmensa. Se aplanan los cabellos de los niños, las coletas de las niñas, se endulzan los naranjos para que todo suene a despedida. Hay una ciudad tangente que roza en la penumbra de la misericordia hilos invisibles de cordura, hay otra ciudad latente, locuaz, soñadora que vive al segundo y lo olvida al instante, que ama y cree…pero de otra manera.

Nos están tiritando los pétalos secos de un palio que hace mucho que no anda, pero me resisto a perder lo que tal vez nunca fue mío pero que está en mí, me resisto a la endogamia pueblerina de no ver más allá de una sola madrugá, de contar con los dedos cosas que se cuentan por latidos.

Hay una ciudad que habla bajito, que se despierta con las primeras crisálidas de la primavera y con la feroz y rebosante sonrisa de un niño al que le queda todo por sentir y admirar. Todo entre sus manos se hace grande. Y Sevilla debería de llevarlo por el talle, enseñarle la miseria y la hermosura del ser humano y traspasarle una pasión que hace años que está huérfana de ojos frescos.

Anuncios