Hay tantos carnavales como autores, como artistas que retuercen sus letras a la espera de un pasodoble que repitan sin cesar a los pies de la playa. Una música nueva cada año, un tono distinto, una poca vergüenza innata.

Hay voces que se creen lo que dicen y que convencen. Juan Carlos Aragón es una de esas personas que ve de frente la vida, que se enfrenta a ella y que con su pizca de víctima se enfrenta al más fanático de los suyos sin nada que perder. No sé cuándo se daría cuenta que su sitio era la comparsa, tal vez cuando quiso decir otras cosas en un tono distinto porque para él la chirigota era un desnudo de barrio, un vergüenza torera, podía decir lo que le diera la gana con rimas más altisonantes, más bravas, más suyas.

Supo meterse a su público en el bolsillo y asegurarse que le seguirían en su nueva vida y fue la comparsa la que le granjeó más filias y más fobias, mejores cuartetas, más premios y mayor estabilidad emocional, o al menos así lo percibe quién esto escribe. Tuvo sus bajones de amargura, sus años malos como todos los tenemos, es difícil que la mano no te tiemble cuando recae sobre ti una responsabilidad de ese calibre, porque a Aragón le están esperando con el cuchillo desde la primera estrofa de la presentación, debe estar a la altura siempre y mantener un nivel por encima de la dignidad.

Pero es que hay letras suyas que son una delicia escucharlas y que no envejecen nunca. Sus pasodobles a la mujer, al amor, a dios, a la libertad, su manera de meterle un cañón por banda a cualquier poder establecido por muy cercano o lejano que esté. Crítica sin pellejo unida con la más alta sensibilidad, risa profana del que sabe que gusta pero no se termina de enamorar.

Sin duda un personaje carnavalesco por excelencia, como todos los que pasarán por estas páginas. Hombres que tiene el carnaval en la punta de su guitarra, que viven atrapados por él y que se visten de febrero todo el año.

Que el mar de Cádiz lo aliñe en perpetuidad.

 

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