Resiste a los vendavales haciéndole caso omiso a su historia reciente. La fiesta que abre y cierra las compuertas de una libertad que se achata en según qué oídos entre. Un carnaval sin persianas a la calle, demasiado nuestro, demasiado único.

Un fino autor al que uno se imagina estudiando cada una de sus letras y poniéndole las comas que se van al limbo de las musas. Un coplero arriesgado, fantástico en el amplio concepto del término. Escondido tras los grandes, Tino Tovar hace años que coló su chistera por entre los oídos de la gente y nunca se ha ido. Una sensibilidad sencilla, un arte poco entendido por algunos e infravalorado por otros. Él nunca estuvo a gusto en el clasicismo e invita cada febrero a una idea en otro idea más reciclada y da vueltas al torno de la imaginación hasta que da pie a su comparsa.

Tino ha sido capaz de escribir cartas de amor en dos minutos, de dejarte con el sueño en los labios cada vez que escuchas la presentación del Espíritu de Cádiz o golpearte los nudillos hasta que la sangre galope por las paredes cantando aquel “yo me rio de tos ellos si supieran esos necios que la culpa es sólo tuya”.

Escuchando y leyendo sus letras se ve, como casi en ningún otro, cuál es el trabajo del escritor, cómo crea, cómo cuida cada letra y  cómo la explica. Es el autor que vive entre las sombras y que siempre apila en Carnaval una tormenta de sensaciones que te dejan vacío.

Que la luz se cuele siempre en su conciencia.

 

Si quieres leer… Antonio Martínez AresJuan Carlos Aragón

 

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