La resonancia del anochecer.

Te fuiste. Más bien te evaporaste en el humo que arrastra la nostalgia.

Fue una semana de sonoridades futiles, de relámpagos sin alma. Escuchaba esa resonancia medida de tu arco, esa onda de esperanza que reverdecía la noche cuando me perdí en el estanque henchido de tus ojos y desde entonces he aprendido a mirar sin ahogarme.

Me di cuenta que cada cielo es una historia. Los naranjas se difuminaban con una luz que vestía de triste amarillo en La Anunciación o que golpeaba secamente hasta dejarnos sin voz por un nazareno que camina sobre la penumbra de las cosas.

Mientras tanto, hay una música sorda que desatasca los oídos y un agua que seca a los barrios. Embarrada tu esencia, que poco queda de ti. Cuándo llegará esa gentrificación inversa que te llene las canas de arrabales.

Pero fui creando otras lunas lejos de ti. He ido rumiando esperas más humildes, recogimientos más honestos. Me he refugiado en pueblos y ciudades; desde el ocre anochecer de la Mezquita, hasta el cúmulo Cautivo de mi casa. Fui a verte en los ojos mencianos donde luce una verdad que no recordaba, donde está lo que yo busco, lo que me alejó de ti para restituir pasiones y exhalar templados acordes.

 

Los extrarradios del gusto (I)

 

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