CON LO BELLO QUE SERÍA sentir tu trabajo, reconocer el tiempo dedicado en ello, saber plantearte dudas, conocerte a través de tus alumnos.

Tal vez ya sea utópico soñar en una sociedad en la que lógica sosiegue a la idiotez y la ignorancia, donde se haga algo pensando en los demás, donde se tenga en cuenta el trabajo, el tiempo, el sacrificio, la lucha…la educación.

Sería bonito creer que hacia eso vamos, de tontos sería  pensar que hemos llegado a eso, sería de ilusos añorar ese futuro.

Debe ser que la educación no es lo importante, que es algo accesorio que cada uno debe de hacer de manera mecánica, porque es lo que le han dicho que debe de hacer, porque todo el mundo lo hace para prepararse para la vida (laboral). Y que los que allí están encima de la tarima como personajes son meros muñecos sin familias, sin sentimientos, sin vidas por andar. Unos robots. Como máquinas que son juegan contigo, te tocan donde más duele para que la respuesta sea lo más aireada posible con el objetivo de que te despidas de tus sueños, de que abandones porque esto no está hecho para tí.

Y qué más da las ideas que tú tengas sobre la manera de enseñar, qué más da los métodos que quieres dar a conocer, qué importa la de libros, artículos, conferencias, modelos de aprendizaje que hayas leído o escuchado. Da igual. Si lo que se lleva es el inmovilismo, la repetición de las rutinas, el hacer las cosas para cubrir un expediente que año tras año se calca y así tener una estructura homogeneizada donde nadie invente, ni sea creativo, tal vez, ni que hable. Esa es la sociedad ideal del mañana para aquellos que nos gobiernan.

Juegan a creer que les importas. Juegan a que creas que somos ciegos, aprovechados, los que ignoran el fondo basándose sólo en la forma. Unos funcionarios que van y vienen y se vuelven a ir, que estudian sin saber para qué, que vagan sin rumbo de colegio en colegio, de tema en tema sin saber en qué destino estará la rueda que frene el desconcierto.

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