Un grito de humanidad

En la Avenida de la Constitución ve pasar la vida como un tren. Contempla, con su cara redondeada y su tez negrita, como la ciudadanía corre sin descaro hacia sus ociosos trabajos mientras ella vende humanidad en forma de pañuelitos. Siempre se coloca en el mismo lugar, en la intersección con la calle García de Vinuesa y le regala a todos aquellos que le quieran escuchar un “buenos días señor”. Desconozco cuál es su lugar de origen, tal vez llegara de algún pueblo indígena semi desconocido o de alguna región del África profunda.

Probablemente no tuvo una infancia cómoda, muy posiblemente tuvo que dejar sus estudios (si es que los empezó) para aportar algo a la economía familiar, tal vez se crió sin un referente materno o paterno. Me imagino que sus primeros años de vida se los pasó lanzando gritos de humanidad al aire, preguntándose por qué le había tocado vivir esa vida, qué dios, qué religión regalaba sufrimientos y lamentos a cada paso que daba. Pienso, cada vez que la saludo, en una mujer que se hizo a sí misma, que cargaba sacos de arroz o de fruta durante 12 horas y que al morir la noche, contemplaba el techo de su maltrecha habitación buscando respuestas con un poco de carne.

Seguramente cuando se fue haciendo mayor soñaba con darle una vida decente a los suyos; a sus padres, hermanos o hijos si los tuviera. Quizá nunca pensó que debería de salir de su tierra para encontrar un futuro con menos moscas, donde hubiera certezas en la copa de los árboles. Tuvo que ser una decisión difícil. Dejar tu vida para comenzar otra nueva, llevarte en la maleta los pequeños sueños por cumplir y pensar en un devenir mas próspero, con más luz, menos trágico.

Ve pasar a diario a cientos o miles de personas que en sus cómodas vidas no empatizan ni un segundo con el débil. Corren, sonríen, van cargados de ideas malparidos, piensan equivocadamente que el problema de esa mujer no les pertenece y se equivocan. Nosotros formamos parte del drama, somos los actores principales del mismo y pasamos de largo sin advertir el grito de humanidad, educación y honradez que sale de su boca cada vez que nos da los buenos días. Nos está definiendo perfectamente, nos está alertando y aunque nosotros creamos que no, esa mujer ya nos ha ganado por goleada en el difícil partido de la civilización humana.

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